Conclusión

La nostalgia de la Antigüedad es uno de los rasgos más ostensibles de la cultura moderna de Occidente. Los europeos llevamos siglos repitiéndonos que somos los herederos de la cultura clásica -clásico es para nosotros Grecia, y por extensión, Roma-, y desde el Renacimiento no hemos cesado de lamentar su muerte. ¿Puede sorprender a nadie que lo que Gibbon llamó caída de Roma, y los actuales historiadores ruina del mundo antiguo -frase más ambigua, pero menos inexacta- sea todavía para nosotros uno de los temas más apasionantes de la Historia? Algunos especialistas, como Mayer y Beloch, llegaron a escribir que es el más interesante problema de la historia universal.

El estado actual de la ciencia. histórica da pábulo a las hipótesis más opuestas sobre la «caída» del Imperio romano de Occidente: según la opinión de Otto Seek, fue consecuencia de la destrucción sistemática de las minorías directoras; para Max Weber, de la excesiva concentración de la propiedad; para Barbagallo, los gastos que exigían la Corte y la numerosa administración imperial ocasionaron una crisis económica de la que no se recobró la sociedad romana; E. Konermann cree que la reducción del ejército, de la que serían responsables Augusto y Adriano, fue fatal para el Imperio al producirse las invasiones; para F. Lot el Imperio hubiese muerto de esclerosis, aunque las invasiones no hubiesen acaecido; en cambio, Piganiol y Mazzarino piensan que el Imperio fue destruido por las invasiones. Si a esta copiosa y desconcertante galería de interpretaciones se afíaden las teorías elaboradas por la teología y la filosofía de la historia, desde san Agustín hasta Toynbee, los dispares resultados incitan a considerar la legitimidad de esas exégesis.

Los historiadores han contemplado el pasado con la lente deformadora de una ideología apriorística, y los resultados han sido tan variados como las ideologías aplicadas. Se hacen necesarias una cura de humildad, una demanda de auxilio a la sociología, tan olvidada por los historiadores, una honesta intelección de los hechos históricos, un cauteloso manejo de sus analogías, tan atrayentes como embaucadoras.

Como el holandés Huizinga dijo, la historia es una ciencia eminentemente inexacta. El historiador opera con datos, a menudo incompletos, cuando no opuestos, cuya significación interpreta, no por experimentos o cálculos, sino basándose en su propia experiencia de la vida y en su conocimiento de los hombres y de la sociedad. Esa interpretación debe ser una conexión abierta, susceptible de modificación por el acopio de datos nuevos. El rigor científico exige la valoración objetiva de las fuentes, la síntesis flexible a los conocimientos que la investigación aporta incesantemente, la renuncia a las leyes históricas, al menos en el concepto rigurosamente determinista de ley que las mismas ciencias de la naturaleza han tenido que revisar.

El lector que haya llegado hasta aquí, espera de este libro una explicación del fin del Imperio de Occidente. El autor no quiere ni adscribirse a una interpretación anterior, ni menos exponer una teoría nueva, ni incurrir en un absoluto escepticismo histórico. Ha procurado compendiar el estado actual de nuestros conocimientos sobre lo que pasó hace mil quinientos años en el ámbito en que se desarrolla nuestra vida de europeos. En las líneas que siguen intenta trazar los rasgos generales de este problema histórico.

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El Imperio romano fue en los dos primeros siglos una federación de ciudades-Estados bajo la hegemonía de Roma. Esta estructura política era el resultado de un compromiso entre el Senado y el Ejército; entre la nobleza romana y la burguesía; entre las clases directores de Roma y las de los países conquistados; entre la economía industrial y mercantil del Oriente helenístico y la economía agropecuaria de Italia y de las provincias occidentales. La pax romana, el liberalismo de los Antoninos, la refinada civilización imperial, los espléndidos monumentos, todo lo que se nos ha enseñado desde niños a contemplar con admirada beatería, tenía este frágil soporte, erigido sobre un sistema económico que se basaba en la esclavitud como medio casi exclusivo de producción,

Este pacto de intereses divergentes cuando no contrarios, que el genio político de Roma pudo mantener durante más de dos siglos, hizo crisis en el siglo ni. La economía de mano de obra servil paralizaba la racionalización de la producción, y los propietarios fueron sustituyendo la esclavitud por el colonato. El ejército asumió la defensa de los humiliores contra el Senado, que representaba exclusivamente los intereses de los potentiores. La guerra civil social, si no dio satisfacción a las demandas de los humildes, arruinó el poder político de la aristocracia senatorial, en beneficio de un Estado militar. La autonomía de las ciudades fue desapareciendo, arrastrando en su decadencia la lujosa y parasitaria vida urbana del mundo antiguo.

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La crisis económica, social y política, agravada por las amenazas exteriores, hubiese desintegrado el Imperio, sin las reformas de Diocleciano y Constantino. La monarquía absoluta y burocrática instaurada por Diocleciano puso en evidencia las diferencias entre la pars orientalis y la pars occidentalis del Imperio, discrepancias que el régimen autónomo de las ciudades había venido enmascarando. El despotismo político y económico de los sacralizados emperadores era en Oriente un retorno a ancestrales formas de vida, mientras que en Occidente, sin una base en el pasado, significaba una innovación que desembocó en una sociedad rural de terratenientes. El traslado de la capital del Imperio a Constantinopla contribuyó de modo decisivo a la constitución de un Estado en el que las tradiciones egipcias, siríacas, iranias y helenísticas darían el precipitado de dirigismo económico, burocracia política y cesaropapismo religioso que definen al Imperio bizantino.

El Estado centralizado creado por generales de humilde origen había querido proteger a las masas campesinas, sin dañar los privilegios de la nobleza, supeditando los intereses de todas las clases sociales a los fines supremos del Imperio. La negativa de la aristocracia romana accidental a someterse a la política económica del Estado autoritario fue uno de los hechos que determinaron el desenlace de la crisis que nos ocupa. La rebeldía de los poderosos no fue violenta, no necesitaba serlo en este trance. Fue suficiente que la nobleza eludiese los deberes que el Estado le exigía, sus obliga­ciones fiscales, que gravitaron con todo su peso sobre los curiales y los campesinos.

La presión tributaria, acrecentada a medida que aumentaban las necesidades administrativas y militares del Imperio, provocó la deserción de los curiales y las rebeliones campesinas. Los bagaudas del siglo III renacieron, propagándose a Hispania. Los circuncelianos prosiguieron agitando las provincias africanas. El Estado, para asegurarse la percepción de impuestos, hizo hereditarios los oficios. Las clases sociales se transformaron en castas. Huyendo de los perceptores de impuestos, los pequeños propietarios se acogieron al patronato de los poderosos. El resultado de esta despótica política imperial fue la disgregación de la sociedad romana en dominios señorialeses inmensos, trabajados por esclavos y colonos adscritos a la tierra, latifundios desprendidos virtualmente del Imperio; la decrepitud de la vida urbana, el enrarecimiento de la circulación monetaria, el retorno a una economía agropecuaria de carácter campesino, no muy distinta de la de los germanos que se movían en las fronteras del Imperio.

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Estos pueblos habían sido rechazados en el siglo VI a. de C., en el siglo I a, de C., en el siglo II d. de C. Sus incursiones fueron más; profundas cuando la crisis del siglo III, pero al fin la frontera renodanubiana, con algunos retoques, fue restablecida. El Estado romano recurría cada vez con más frecuencia al reclutamiento de soldados germanos. Incidimos ahora en otro de los rasgos esenciales de la ruina del Imperio: el divorcio entre la sociedad romana y su ejército. A la plebe de Roma le fue usurpada primero la tierra, para trabajarla por esclavos; después, su puesto en el ejército, que fue ocupado por mercenarios; por último, sus derechos políticos, que había ejercido a través de los comicios, que fueron suprimidos. Desposeída de todo, se la condenó a la miseria y al envilecimiento, del pan y de los espectáculos gratuitos. También la nobleza romana fue apartada de los puestos de mando del ejército, abiertos desde el siglo ni a los soldados de filas, y desde Constantino a los germanos. Los soldados profesionales eran provinciales y germanos. En los últimos tiempos de Roma sólo podían reclutarse tropas germánicas.

Cuando se iniciaron las grandes invasiones, Roma opuso a sus adversarios bárbaros ejércitos bárbaros, mandados por oficiales bárbaros. Las necesidades militares dieron una legalidad jurídica a los asentamientos germánicos en territorio del Imperio, en virtud del sistema de la hospitalitas. En el siglo V se asiste al desarrollo de un proceso de habituación a la permanencia en las provincias occidentales de estos toscos huéspedes extranjeros. La administración imperial se familiariza con la presencia de los nobles bárbaros en los más altos puestos del Estado. Sólo la dignidad imperial se les niega, pero no la potestad de poner y quitar emperadores, ni la de tutelarlos. La nobleza latifundista, desinteresada del destino del Imperio, se consagra a conservar sus propiedades en la nueva situación.

El pueblo acoge en muchos casos a los bárbaros como liberadores de la insoportable presión fiscal.

Así, más que morir, el Imperio se desvanece, El mecanismo administrativo pasó en las provincias, muy simplificado, al servicio de los reyes germánicos o de los obispos. Las oficinas imperiales de Rávena fueron utilizadas por Odoacro y por Teodorico. La legalidad imperial se continuaba en el emperador romano de Constantinopla. El proceso socioeconómico que había originado la crisis política siguió su regresión hacia la economía natural de los siglos VI y VII, indiferente a la escena incruenta y banal de la que Odoacro y Rómulo Augústulo fueron protagonistas.

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La crisis del siglo III despertó en las gentes un anhelo de vida ultraterrena, que sirviese de alivio a los dolores de la vida material. Los misterios orientales atraían muchedumbres inmensas. Al mismo tiempo, el pensamiento filosófico y el religioso convergían en el monoteísmo. Entre los cultos llegados de Oriente, que brindaban a un pueblo resignado a la miseria el consuelo de la liberación eterna, el cristianismo se impuso por su organización, tomada de la del Imperio, y por el espíritu de solidaridad entre sus fieles. La unidad territorial del Estado romano favoreció la difusión de la única religión que aspiraba conscientemente a la universalidad.

Constantino comprendió la reserva inagotable de fuerza política que la nueva religión atesoraba. En el siglo IV la cristianización de la sociedad romana avanzó rápidamente, y la Iglesia obtuvo, a costa de su sumisión al emperador, una influencia creciente. A fines del siglo IV san Ambrosio y san Agustín sostuvieron la primacía de la autoridad de la Iglesia, representante en este mundo del reino de Dios, sobre el poder temporal del Estado.

La evaporación del Imperio de Occidente permitió a la Iglesia hacer efectiva la prioridad que reclamaba. Mientras la Iglesia oriental aceptaba su sumisión al Estado, los papas se erigieron en continuadores de la obra de Roma en los países occidentales Mantuvieron la cohesión de la Romania, asumiendo la herencia política del Imperio, para depositarla, llegado el momento, en manos germánicas. Así se cerró el cielo que, de la crisis del siglo III, conduce al Imperio romanogermánico del siglo X.